Miss Dollar – Capítulo 2

Traducción del cuento compuesto por ocho capítulos Miss Dollar, escrito por Machado de Assis en portugués. Originalmente publicado en Contos Fulminenses, 1870. Para leer el capítulo anterior accede al siguiente enlace: https://conpedepatria.com/2020/10/17/miss-dollar-capitulo-1/

Escucha la narración de este capítulo


Las razones que indujeron al Dr. Mendonça a coleccionar canes son desconocidas; algunos creían que simplemente estaba apasionado por ese símbolo de la fidelidad o del servilismo, otros pensaban antes que, lleno de profundo disgusto por la humanidad, Mendonça creyó que era mejor adorar a los canes.

Fueran cuales fueran las razones, lo cierto es que nadie poseía colección más bonita y variada que la de él. Tenía perros de todas las razas, tamaños y colores. Cuidaba de ellos como si fueran sus hijos; si alguno moría él se quedaba melancólico. Hasta se podría decir que, en el espíritu de Mendonça, los perros pesaban tanto como el amor, como dice un famoso dicho: quita del mundo a los perros y el mundo se quedará solitario.

El lector superficial concluiría de esto que nuestro Mendonça era un hombre excéntrico. No es así. Mendonça era un hombre como todos los demás, le gustaban los perros como a otros les gustan las flores. Los perros eran sus rosas y violetas, los cultivaba con exactamente el mismo esmero. Le gustaban también las flores, siempre y cuando permanecieran en la misma planta en la que nascían: arrancar un jazmín o atrapar un canario le parecían unos auténticos crímenes.

El Dr. Mendonça era un hombre de treinta y cuatro años, bien elegante y con una forma de ser franca y distinguida. Se formó como médico y por un tiempo cuidó de los enfermos en una clínica de la capital, donde hubo una epidemia, dicha clínica sobrevino a ese infortunio gracias a que el Dr. Mendonça inventó un elixir, este era tan bueno que ganó un par de millones de reales. Ahora ejercía su labor por amor. Tenía lo suficiente para sí y para su familia, la cual estaba compuesta por los animales mencionados anteriormente.

En la memorable noche en que se extravió Miss Dollar, cuando Mendonça volvía a su casa tuvo la ventura de encontrar a la extraviada en Rocio. La perrita comenzó a acompañarlo y él, dándose cuenta de que era un animal sin dueño a la vista, la llevó para Cajueiros.

Ni bien entró a la casa examinó con cuidado a la perrita, Miss Dollar era realmente encantadora; tenía un aspecto delgado y la gracia de su hidalga raza, sus ojos castaños y aterciopelados parecían expresar la más completa felicidad de este mundo, eran tan alegres y serenos. Mendonça la contempló y examinó minuciosamente. Leyó la frase del candado que aseguraba el collar y fue ahí cuando se convenció de que la perrita era un animal muy estimado por parte de quien fuera su dueño.

—Si no aparece tu dueño, quédate conmigo —le dijo a Miss Dollar en cuanto la entregaba al niño encargado de cuidar a los canes.

El niño trató de alimentar a Miss Dollar mientras Mendonça planificaba un buen futuro para la nueva huésped, cuya futura familia también debía permanecer en su casa.

El plan de Mendonça duró lo que duran los sueños: el tiempo de una noche. Al día siguiente, cuando leía el periódico, vio el anuncio transcrito en el primer capítulo, el cual prometía doscientos mil reales a quien entregara a la perrita extraviada. Su pasión por los canes le hizo sentir la misma cantidad de dolor que debió haber sufrido el dueño o la dueña de Miss Dollar, ya que llegaba a ofrecer doscientos mil reales de recompensa a quien devolviera a la galga. Consecuentemente decidió restituirla con bastante angustia en el corazón. Llegó a dudar por algunos instantes, pero al final vencieron sus sentimientos de honradez y compasión, que eran las virtudes de aquella alma. Y, como si le costara despedirse del animal, aún nuevo en el hogar, se dispuso a llevarlo él mismo, así que se alistó para tal fin. Almorzó y, después de averiguar bien si Miss Dollar había hecho la misma operación, salieron ambos de la casa con dirección a Mata-cavalos.

En aquel tiempo el Barón de Amazonas, Francisco Barroso da Silva, aún no había logrado la independencia de las repúblicas platenses mediante la victoria de Riachuelo, nombre con el que luego la Cámara Municipal denominó a la Rua de Mata-cavalos. Seguía vigente, por lo tanto, el nombre tradicional de esa calle, que no quería decir nada de lo que se podría suponer.

La casa que tenía el número indicado en el anuncio era de bonita apariencia y revelaba cierta riqueza de bienes por parte del propietario. Antes de que Mendonça llamara a la puerta, ya Miss Dollar, reconociendo su hogar, comenzaba a brincar de alegría y a soltar unos sonidos alegres y guturales que, si existiera la literatura entre los canes, serían como un himno de acción de gracias.

Se acercó un chico a ver quién era; Mendonça le dijo que venía a entregar a la galga extraviada. El chico se alegró tanto y corrió a anunciar la buena nueva. Miss Dollar, aprovechando una pequeña abertura, se apresuró y subió por las gradas. Mendonça se dispuso a salir, pues ya había cumplido con su tarea, pero el chico volvió a decirle que subiera y entrara a la sala.

En la sala no había nadie. Algunas personas, que tienen salas elegantemente acomodadas, suelen dejar que los visitantes las admiren antes de salir a saludarlos. Es posible que esa fuera la costumbre de los dueños de aquella casa, pero esta vez no ocurrió semejante cosa porque apenas el médico entró por la puerta del corredor, de otra puerta interior salió una anciana con Miss Dollar en sus brazos y la alegría en su rostro.

—Por favor, siéntese —dijo ella señalando una silla.

—No quiero quitarle mucho tiempo —dijo el médico en cuanto se sentaba —. Vine a traerle a la perrita que está conmigo desde ayer…

—No se imagina la angustia que causó acá en la casa la ausencia de Miss Dollar

—Me imagino, señora; yo también adoro a los perros y si me faltara uno lo extrañaría muchísimo. Su Miss Dollar

—¡Disculpe! —interrumpió la anciana—, mía no; Miss Dollar no es mía, es de mi sobrina.

—¡Ah!…

—Ahí viene ella.

Mendonça se levantó en el preciso instante en que entraba a la sala la sobrina en cuestión. Era una chica que aparentaba tener unos veintiocho años, en pleno desarrollo de su belleza, una de esas mujeres que anuncian una vejez tardía e imponente. Su vestido de seda oscura le daba un singular realce al color exageradamente blanco de su piel; era un vestido muy largo, hasta rosaba el piso, lo cual aumentaba la majestuosidad de su porte y de su estatura; el corpiño del vestido le cubría todo el cuello, pero se apreciaba por debajo de la seda un bello torso de mármol esculpido por los dioses. Su cabello castaño y naturalmente ondulado estaba peinado con esa simplicidad hogareña, la mejor de todas las modas conocidas, este adornaba su frente como una corona concedida por la naturaleza. La extrema blancura de su piel no tenía ni el más mínimo ton rosa para darle armonía y contraste. Su boca era pequeña y tenía una cierta expresión imperiosa. Sin embargo, la gran cualidad de aquel rostro, aquello que más llamaba la atención, eran los ojos; imagine dos esmeraldas sobre dos dunas de nieve.

Mendonça nunca había visto ojos verdes en toda su vida; le dijeron que existían los ojos verdes, él sabía de memoria unos versos célebres de Gonçalves Dias, pero hasta ese entonces los ojos verdes eran para él lo mismo que el fénix para los antiguos. Un día, conversando con unos amigos al respecto, afirmaba que, si alguna vez encontraba un par de ojos verdes, huiría de ellos con terror.

—¿Por qué? —le preguntó sorprendido uno de los presentes.

—El color verde es el color del mar —respondió Mendonça—, como evito las tempestades de uno, debo evitar las tempestades de todos los otros.

Yo dejo al criterio del lector esta particularidad de Mendonça, que además es «preciosa»¸ en el sentido de Molière.


«Miss Dollar – Capítulo 2», traducido por Pablo Alejos Flores. Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.


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