Miss Dollar – Capítulo 3

Traducción del cuento compuesto por ocho capítulos Miss Dollar, escrito por Machado de Assis en portugués. Originalmente publicado en Contos Fulminenses, 1870. Para leer el capítulo anterior accede al siguiente enlace: https://conpedepatria.com/2020/10/27/miss-dollar-capitulo-2/

Escucha la narración de este capítulo


Mendonça saludó con respeto a la recién llegada, y esta, con un gesto, lo invitó a sentarse otra vez.

—Le agradezco infinitamente el haberme devuelto este pobre animal, es de mucha estimación para mí —dijo Margarida sentándose.

—Y yo agradezco a Dios por haberlo encontrado, podría haber caído en manos que no hicieran lo mismo.

Margarida hizo un gesto a Miss Dollar, y la perrita, saltando del regazo de la anciana, se acercó a ella, levantó las patas delanteras y las puso sobre sus rodillas; Margarida y Miss Dollar intercambiaron una larga mirada de afecto. Durante ese tiempo una de las manos de la chica jugaba con una de las orejas de la galga, y daba así lugar a que Mendonça admirara sus bellísimos dedos con unas uñas agudísimas.

Pero, a pesar de que Mendonça tuviera el sumo placer de estar ahí, reparó que su demora era sospechosa y humillante. Parecería estar esperando la recompensa. Para escapar de esa vergonzosa interpretación, renunció al placer de la charla y a la contemplación de la chica; se levantó diciendo:

—Mi misión está cumplida…

—Pero… —interrumpió la anciana.

Mendonça comprendió el peligro que suponía la interrupción de la anciana.

—La alegría que restituí a esta casa es la mayor recompensa que yo podía ambicionar —dijo él—. Ahora, con permiso…

Las dos señoras comprendieron la intención de Mendonça; la chica le retribuyó la cortesía con una sonrisa, y la anciana, reuniendo en el pulso cuantas fuerzas aún tenía en todo el cuerpo, apretó «con amistad» la mano del joven.

Mendonça salió impresionado por la interesante Margarida. Notaba, principalmente, además de su belleza, la cual era excelente, cierta severidad triste en su mirada y en su comportamiento. Si esa era la forma de ser de la chica, iba acorde a la índole de un médico; si era resultado de algún episodio de la vida, era una página de esta historia que debía ser descifrada por ojos hábiles. A decir verdad, el único defecto que Mendonça encontró fue el color de sus ojos, no porque el color fuera feo, sino porque él tenía una opinión desfavorable contra los ojos verdes. Dicha opinión, cabe decirlo, era más literaria que otra cosa; Mendonça se apegaba a cada frase que profería, por lo tanto, la frase citada anteriormente es la que le producía tal aversión. No me acusen de repente; Mendonça era un hombre inteligente, instruido y dotado de buen sentido común; además era propenso a los sentimientos románticos; pese a ello, nuestro Aquiles tenía su propia debilidad. Era un hombre como todos los otros, aunque hay otros Aquiles por ahí que son de pies a cabeza un inmenso talón. El punto vulnerable de Mendonça era ese, el amor por una frase era capaz de tergiversar sus sentimientos; sacrificaba una situación romántica por una frase bien hecha.

Contándole a un amigo el suceso de la galga y la conversación con Margarida, Mendonça dijo que la chica podría llegar a gustarle si no tuviera ojos verdes. Su amigo rio con cierto aire de sarcasmo.

—Pero, doctor —le dijo él—, no comprendo esa aversión; las personas dicen que los ojos verdes son incluso una señal de generosidad. Aun así, el color de los ojos no vale nada, lo importante es lo que expresan. Pueden ser azules como el cielo y pérfidos como el mar.

La observación de este amigo anónimo tenía la ventaja de ser tan poética como la de Mendonça; por eso conmovió profundamente el ánimo del médico. Él no se quedó como el asno de Buridán entre los contenedores de agua y de cebada; el asno no se hubiera decidido, Mendonça sí lo hizo. Recordó de pronto la lección del casuista Sánchez, y de las dos opiniones optó por la que le pareció probable.

Es posible que un lector austero crea que este asunto de los ojos verdes y esta controversia sobre la probable cualidad de ellos es pueril. Probará de tal manera que tiene poca experiencia en este mundo. Los almanaques pintorescos citan hasta el cansancio mil excentricidades y defectos de los famosos varones que la humanidad admira, ya por instruidos en las letras, ya por valientes en las armas; y por esa razón no dejamos de admirarlos. Tampoco quiera el lector hacer una excepción solo con nuestro doctor. Aceptémoslo con sus ridiculeces; ¿quién no tiene una? El ridículo es una especie de lastre que tiene el alma cuando zarpa al mar de la vida; algunas ridiculeces ocupan todo el navío.

Para compensar esas debilidades, ya dije que Mendonça tenía características no vulgares. Optando por la opinión que le pareció más probable, que fue la del amigo, Mendonça dijo para sí que en las manos de Margarida tal vez estaba la llave de su futuro. Ideó en ese sentido un plan para alcanzar la felicidad; una casa en un yermo, con vista al mar por el lado occidente, con el fin de poder observar el espectáculo del atardecer. Margarida y él, unidos por el amor y por la Iglesia, beberían allí, gota a gota, la copa entera de la gloriosa felicidad. El sueño de Mendonça contenía otras singularidades que sería superfluo mencionar aquí. Mendonça pensó sobre esto por unos días; llegó a pasar por Mata-cavalos unas veces, pero era tan desafortunado que nunca vio a Margarida ni a su tía; al final desistió de tal labor y volvió a ocuparse de los canes.

Su colección de perros era una auténtica galería de ilustres nombres. El más estimado de ellos se llamaba Diógenes, había un galgo que respondía al nombre de César, un perro de agua que se llamaba Nelson, Cornelia se llamaba una perrita cazadora de ratones, y Calígula un enorme fila brasileño, verdadera efigie del gran monstruo que produjo la sociedad romana. Cuando se encontraba entre todos esos nombres, nombres de gente ilustre por diferentes títulos, Mendonça decía que entraba en la historia, era así como se olvidaba del resto del mundo.


«Miss Dollar – Capítulo 3», traducido por Pablo Alejos Flores. Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.


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Las fotos referenciales usadas en cada episodio fueron tomadas y publicadas en Pixabay por Elisabetta Bellomi.

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